Hakuna Matata
Permiso para ser felices
✍ Gustavo Vázquez · columna propia(Columna iniciada en el fervor del miércoles diez de junio)
Mañana, a las trece horas, sesenta mil gargantas y un país entero van a olvidarse por noventa minutos de todo lo demás. El Azteca —ese coloso que ya vio dos finales del mundo y hoy se llama de otro modo, como todo en este país, que cambia de nombre pero no de alma— abre por tercera vez en la historia un Mundial. México contra Sudáfrica. Y por un rato, nada más va a importar.
Hay quien dirá que es pan y circo. Que mientras rueda el balón no vemos lo que arde. Tienen razón a medias, como casi todas las razones. Pero hay otra verdad que la solemnidad no alcanza a ver: que un pueblo también necesita permiso para ser feliz. Que la alegría colectiva no es ingenuidad; es resistencia. Que cantar el himno con un nudo en la garganta, abrazar al desconocido de junto cuando cae el gol, llorar por algo que no duele —eso también es ser país.
"No es el fútbol. Es lo que el fútbol nos deja sentir sin pedir disculpas."
Llevo veintitrés años escribiendo esta columna para hacer simple lo difícil y para explicar lo inexplicable. Y no hay nada más inexplicable, ni más simple, que esto: por qué un juego de once contra once nos junta como no nos junta casi nada.
Este número de la revista nació de una idea parecida: perderle el miedo. A la inteligencia artificial, sí, pero en el fondo a lo nuevo, a lo que no controlamos, a reinventarnos cuando creíamos que el partido ya estaba jugado. El Mundial es la metáfora perfecta. Nadie tiene el resultado escrito. Todo está por jugarse. Y eso —que da miedo— es también la única buena noticia.
Así que, sin culpa, grita. Abraza. Cree. Hakuna matata no es no tener problemas: es saber que, aun con ellos, hay tardes que merecen vivirse completas. Esta es una de esas.
Que ruede el balón.
Y rodó. México 2, Sudáfrica 0. Nos ilusionaron, como siempre. Con esa maestría tan nuestra de hacernos creer justo antes de romper el corazón. Tarde o temprano llegará la decepción —es el guion de siempre— o quizá, quizá, esta sea la buena. Javier Aguirre lleva tres mundiales como técnico: en los primeros dos, tras buenas fases de grupos, lo borraron en la eliminación directa. Estados Unidos, Argentina, dos potencias que tampoco prosperaron en sus ambiciones de campeón en esos torneos. Ya veremos.
Lo que sí se puede decir ya es lo del estadio: un ambiente elitista. Una inauguración que quedó a deber. Y una afición que, aunque no es la misma futbolera de siempre —la del Azteca bravo, popular, irreverente—, demostró que donde hay México, hay ambiente. Con todo y sus nuevos códigos.
Ahora entiendo por qué Claudia Sheinbaum Pardo no fue. Sabía que el estadio estaría lleno, y no precisamente de sus fieles. Quiso evitarse el bochorno de ser abucheada, sin notar que el ánimo social se mide en todos los foros, no nada más en los ad hoc. El termómetro estaba ahí, con entrada de $140,000 pesos incluida, y marcó lo que marcó.